¿Usted ➕ y ✖️ o ➖ y ➗?

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* Para aspirar a cambiar Costa Rica 🇨🇷  y el mundo 🌎 , con probabilidades de éxito más que razonables, no se pueden conformar con trabajar 8 horas diarias 🕗 , se requiere una dedicación extraordinaria y permanente de tiempo, bajo distintas circunstancias 🌞🌛 ⛈ ❄️ .

* En mi caso, invierto muchas horas extra para leer 📚 , para pensar 🤔 , para soñar 🎆 , escribir ✍ , escuchar música 🎼  y–en todo momento–dedicar el trabajo a Dios ✝  y pedirle que, sin importar lo que uno quisiera, se haga su voluntad y no la de uno 🙏 .

* Por supuesto, sin importar cuánto esfuerzo 🛠  y cabeza 🗿 se le ponga, lo más común es no tener éxito en el primer intento 📉 , pero en esos momentos difíciles, cuando, por la razón que sea, vamos perdiendo, a veces por goleada, en el marcador de la vida ⚽️⚽️⚽️ , es cuando, en lugar de quejarse 😢  o enojarse 😡 , hay que sacar fuerzas 💪 , de donde no hay, para seguir adelante y, eventualmente, lograr el impacto deseado 👊 .

* El mundo sería un mucho mejor lugar si tantas personas no prefirieran cumplir con lo que se les exige o, simplemente, se les paga por hacer y estuvieran dispuestas a agregar a sus planes de vida una cuota, aunque sea mínima, de sacrificio personal para intentar algo que valga la pena y que pueda tener un impacto positivo en las vidas de los demás.

Estoy convencido de que los que queremos   y ✖️  somos más que los que prefieren   y ➗ , así que, a ponerle ganas y a sacar adelante la tarea. No hay que tenerle miedo a los que se dedican a criticar y a estorbar, en lugar de trabajar y hacer que las cosas pasen.

¿Qué estás dando para contribuir al bien común?

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¡Todos tenemos que dar algo! El bien común es cosa de todos, no solamente de los gobernantes. Los ciudadanos, sobretodo si son católicos, no pueden desinteresarse de la política, nos recuerda el Papa Francisco.

Papa Francisco

Por una parte, de acuerdo con el Santo Padre, el amor y la humildad son indispensables para quienes gobiernan.

No se puede gobernar al pueblo sin amor y sin humildad. Y cada hombre, cada mujer que tiene que tomar posesión de un servicio público, debe hacerse estas dos preguntas: “¿Amo a mi pueblo para servirle mejor? ¿Soy humilde y oigo lo que dicen todos los otros, las diferentes opiniones para elegir el mejor camino? “. Si no se hace estas preguntas su gobierno no va a ser bueno. El hombre o la mujer gobernante – que ama a su pueblo, es un hombre o una mujer humilde.

Por otra parte, los ciudadanos no podemos lavarnos las manos. De acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia, la política es una de las formas más elevadas de la caridad, porque sirve al bien común.

Todos los ciudadanos estamos llamados a colaborar con los gobernantes, día a día (no hay que esperar a las elecciones cada cuatro años), aportando nuestras opiniones, nuestras palabras y nuestras correcciones para, de esa manera, contribuir al bien común.

Hay la costumbre – observó también el Pontífice – de solo hablar mal de los gobernantes y sobre las “cosas que no van bien”: “ves las noticias en la televisión y los apalean, apalean ; lees el periódico y lo mismo …. ¡siempre lo malo, siempre en contra!”. Quizás – continuó – “el gobernante, si, es un pecador, como lo era David, pero yo debo colaborar con mi opinión, con mi palabra, también con mi corrección” porque ¡todos “debemos participar al bien común!”.

Es un error, aclaró el sucesor de San Pedro, creer que los católicos no deben interesarse y participar en temas relacionados con la política.

“Un buen católico no se inmiscuye en política”. Eso no es cierto. Este no es un buen camino. Un buen católico debe entrometerse en política, dando lo mejor de sí, para que el gobernante pueda gobernar. Y ¿qué es lo mejor que podemos ofrecer a los gobernantes? ¡La oración! Eso es lo que dice Pablo: “La oración para todos los hombres y para el rey y para todos los que están en el poder”. “Pero, Padre, aquella es una mala persona, debe ir al infierno…”. “Reza por él, reza por ella, para que pueda gobernar bien, para que ame a su pueblo, para que sirva a su pueblo, para sea humilde” ¡Un cristiano que no reza por los gobernantes no es un buen cristiano! “Pero, Padre, cómo puedo orar por esta persona que no va …”. “Reza para que se convierta.” Rezar. Y esto no lo digo yo, lo dice San Pablo, la Palabra de Dios”.

La Iglesia ha aclarado algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos (políticos católicos y todos los fieles laicos) en la vida política en las sociedades democráticas. Tal y como explica el documento, los cristianos no pueden promover o apoyar propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapéutico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos «los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio».[21] Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre «obra de la justicia y efecto de la caridad»;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política. [énfasis en el original]

Thomas More

¿Es mucho pedir a gobernantes, ciudadanos y católicos un compromiso con el ejercicio de virtudes? Santo Tomás Moro demostró, con su vida y con su muerte como mártir, que ese compromiso sí es posible.

En este contexto es útil volver al ejemplo de santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida entera de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo.

Concluyo dejando tres tareas a los lectores que hayan tenido la paciencia de acompañarme hasta aquí:

1. Oremos, como lo sugirió el Papa Francisco, por los Luis Guillermo Solís Rivera, Presidente electo de la República, y por quienes lo acompañarán en su Gobierno (hoy, a las 4:00 p.m., anunciará los nombres de sus Ministros y algunos Presidentes de instituciones autónomas), “para que nos gobiernen bien, para que lleven a nuestra patria, a nuestra nación, y también al mundo adelante, para que exista la paz y el bien común”.”

Luis Guillermo Solís

2. Dediquemos unos minutos a meditar y responder a las siguientes preguntas:

  • ¿Qué estoy dando para aportar,  desde mi lugar (no es necesario pertenecer a un partido político, ONG o estar en el gobierno), al bien común?
  • ¿Hay algo más que podría hacer y que no estoy haciendo (sobran las excusas)?
  • ¿Estoy verdaderamente comprometido con el ejercicio de las virtudes que contribuyen a construir una mejor sociedad para todos?

3. Compartamos este artículo con quienes–por la razón que sea–no están dando nada para aportar al bien común.