Perversión de la ley: el caso de las pensiones de lujo

Estándar

La ley, ¡pervertida! La ley y tras ella todas las fuerzas colectivas de la nación, ha sido no solamente apartada de su finalidad, sino que aplicada para contrariar su objetivo lógico. ¡La ley, convertida en instrumento de todos los apetitos inmoderados, en lugar de servir como freno!
–Frédéric Bastiat, La Ley, 1850

Me agradó mucho, esta mañana, leer el análisis de las pensiones de lujo de más de 5 millones de colones (yo consideraría de lujo una pensión superior a 1 millón de colones) de Jorge Vargas Cullel, en su columna «Enfoque« (La Nación 26/06/14). No siempre coincido con las preguntas que se plantea Jorge y la manera que las responde. Esto no resulta sorprendente, ya que vemos el mundo desde perspectivas distintas–distintas ideologías (RAE: Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.)–, lo cual no es nada malo, y por lo tanto, la manera en que abordamos un problema y la solución que proponemos, muchas veces, es diferente.

En el caso de las pensiones de lujo, resulta evidente que–sin importar desde dónde se mire (todas las ideologías están bien representadas en la lista de pensionados de lujo)–es un caso de perversión de la ley. Un caso más en el que la ley, como nos recuerda Bastiat, en «La Ley» (1850), se aparta de su propósito de hacer reinar la justicia para servir como instrumento de todos los apetitos inmoderados. En las palabras de Vargas Cullel:

«Capitalismo pensionista. Volverse rico al final de la vida. Nada de trabajar para ganar, sino de ganar sin trabajar. Suena feo, es cierto, pero hay algo que tranquilizaría mi conciencia: nunca habría roto la ley. Nunca. Soy una persona legal y contra la corrupción. Jamás robar un cinco. Y no de ahora, de siempre. Solo querría lo que la ley permite. No es culpa mía, si la ley permite una pensión de ¢16 millones, ¢20 millones o ¢30 millones. Es mi derecho. ¿Que la ley no es justa? ¿Que es inmoral? Quizá, pero ese es otro cuento. Repito: no es culpa mía. Yo sigo las reglas.»

Pensionados de Lujo

Imagen tomada de La República.

El equipo económico del gobierno, con el Vicepresidente Helio Fallas a la cabeza, han declarado que buscan ponerle fin a estos abusos que se han crecido, con el tiempo, para convertirse en una grave hemorragia fiscal [ver «Helio Fallas: “Todo se hizo legal”» (La Nación 24/06/14)]. Una de las alternativas que se valora es gravar a las pensiones más altas (deberían ser de 1 millón de colones para arriba).

«¿Han pensado en gravar las pensiones más altas?

Se está valorando.»

No es la primera vez que los odiosos–pero legales–abusos en pensiones, remuneraciones en el sector público y convenciones colectivas se someten a discusión. Lamentablemente, las reformas no han prosperado. Bastiat explica que las reformas fracasan porque quienes decían que querían poner fin a la expoliación legal, en realidad, pretenden participar en dicha expoliación.

«Está en la naturaleza de los hombres el reaccionar contra la iniquidad de que sean víctimas. Así, pues, cuando la expoliación está organizada por la ley, en beneficio de las clases que la dictan, todas las clases expoliadas tienden por vías pacíficas o revolucionarias a tener alguna participación en la confección de las leyes. Tales clases, según sea el grado de esclarecimiento a que hayan llegado, pueden proponerse dos finalidades muy diferentes al perseguir la conquista de sus derechos políticos: o quieren hacer cesar la expoliación legal, o aspiran a participar en dicha expoliación.
¡Desgraciadas, tres veces desgraciadas las naciones en las cuales sea este último pensamiento el que predomine en las masas en el momento en que a su vez se apoderen de la facultad de legislar! 

¿Pondrá fin el Gobierno a estos abusos o veremos cómo los nombres de quienes hoy representan al pueblo pasan a engrosar la lista de pensionados de lujo?

 

La Fatal Arrogancia y la Política Económica

Estándar

¿Para qué nos sirven tantas «herramientas» para manipular la economía desde el gobierno y del Banco Central? ¿Las utilizan para beneficiar a la gran mayoría de los costarricenses? ¿No estaríamos mejor sin la «ayuda» que supuestamente nos dan?

En 1998, el Premio Nobel de Economía Friedrich A. Hayek, explicó, en su libro «La Fatal Arrogancia» (el original en inglés es: «The Fatal Conceit»), que:

«La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que saben acerca de lo que imaginan que pueden diseñar.»

Ese poderoso llamado a la humildad, que pasa por reconocer que, en la mayoría de los casos, los encargados de las políticas económicas simplemente no cuentan con el conocimiento necesario para hacer ‘intervenciones inteligentes’.

Arrogancia

El problema no es teórico. Con esto no se sugiere que quienes los encargados de las políticas económicas sean malas personas (probablemente, es todo lo contrario). Lo que sí es cierto es que–independientemente de sus motivaciones, que deben ser las mejores–implementan ‘ocurrencias económicas’ que tienen una serie de ‘consecuencias no deseadas’ y nos perjudican seriamente.

Desde 1850, ya Frédéric Bastiat nos había advertido del grave peligro de las ‘consecuencias no deseadas’ de las ‘ocurrencias económicas’ en «Lo que se ve y lo que no se ve«, cuyas primeras líneas transcribo a continuación:

«En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos.

Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.

Pero esta diferencia es enorme, ya que casi siempre sucede que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores son funestas, y vice versa. — Así, el mal economista persigue un beneficio inmediato que será seguido de un gran mal en el futuro, mientras que el verdadero economista persigue un gran bien para el futuro, aun a riesgo de un pequeño mal presente.»

La pésima idea de disparar el gasto y la deuda pública en momentos de crisis, el fracasado experimento de bandas cambiarias y la injustificada restricción al crecimiento del crédito son claros ejemplos recientes de ‘ocurrencias económicas’ con serias ‘consecuencias no deseadas’ que son fruto de la ‘fatal arrogancia’ de encargados de políticas económicas, que se consideraron capaces de realizar ‘intervenciones inteligentes’–ignorando lo poco que sabían acerca de lo que se creyeron capaces de diseñar.

Las consecuencias las estamos pagamos todos.

Sería mejor contar con reglas claras que eliminen la discrecionalidad de los encargados de la política económica–para que no puedan hacer tanto daño (aunque ese no haya sido el objetivo)–como las que se proponen en los proyectos de «Ley de Responsabilidad Fiscal» y «Ley de Responsabilidad Monetaria, Integración Financiera y Dolarización«.